La cascada salpica de lucidez, caen un millón de razones sobre usted, se hunde, se ahoga, lentamente se inunda de preceptos y esquemas, lo arrastra la fuerte corriente y colisiona con las rocas, la sangre, ¡su sangre!, mancha el agua cristalina, se abre el portal, empieza la inconsciencia… En un sueño profundo usted descubre la anarquía, se rebela y afirma una idea suya, su percepción confirma que su pensamiento es una nueva teoría que cambiará el funcionamiento de la sociedad; el único problema es que usted está muerto, la vida jamás le regresará, usted no es Jesucristo y no puede resucitar en tres días, usted es sólo un ser viviente con límites y una decadencia pronunciada, sus labios son de piedra, sus ojos son de ausencia, sus oídos son de plomo, su piel es el polvo de la hojarasca, y su última lágrima no sensibiliza mi decisión.

Entre la sangre, la pesadumbre, el ruido del agua que tropieza con las montañas, abro los ojos, veo mi rodilla lacerada por el impacto de las espadas filosas, pero aún tengo mis manos, me sostengo de una roca, mantengo la voluntad, persisto mucho tiempo, descubro que mi salvación sólo se concibe con mi voz y así con la muerte acariciándome las entrañas alzo mi voz, pronuncio: debemos defender nuestro propio concepto, dejemos de ser los peones, los esclavos, nosotros forjamos el futuro de una civilización, mientras nosotros nos sujetamos de las rocas de río para poder sobrevivir vemos a cerdos en la distancia del mar navegando en lujosos barcos que llevan en su motor nuestros nombres, nuestros rostros, nuestra sangre.

Borrachos y enfermos, dioses y fantasmas, lujuriosos y castos, sabios y locos, todos en un misma llanura, me ven y me escuchan, descubren mi tempestad. El primero en brindarme ayuda es un estudiante, el que desvela sus noches por el don del saber, entrelaza su mano con la mía; un fantasma me empuja a salir; el enfermo sana mi herida; el pobre me brinda agua y sustento; el loco me brinda un: «!Todo estará bien!»; el borracho deja su alcohol y se vuelve sabio… Un pueblo reunido en una plaza bajo la misma razón, con la misma voz, buscando un derecho comunal, una sola dirección: la renovación del sistema.

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María Cristina Vásquez Cifuentes (1992, Guatemala). Estudiante de Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala, disfruta la lectura y la escritura. Busca la expresión artística de distinta forma.

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Foto: Fernando Vérkell

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