-La matemática es exacta. Los números perfectos. El puente colgante de Tacoma Narrows cae. La física teórica predice. La física estadística deduce el comportamiento. La química reacciona. La exactitud es magnitud real. La bomba atómica se descontroló.

-Define tu punto. Lo dijo secamente, sin voltear. No lo ignoré simplemente quería terminar lo que tenía en mente.  

-Explícate. Levantó la mirada.

-No sabes nada de números… y sonrió. Estaba sentado en su silla favorita, leyendo la sección de deportes del periódico, del día de la fecha.  

-No lo sé. Es solo algo que vino a mi mente. Respondí sin sentimiento.

Teníamos los desayunos para hablar de nuestros trabajos diarios, problemas surgidos en ellos, de la vida de nuestros amigos en común (eran 2), charlas políticas, sociales, y eventos económicos que afectaban al país. Nunca hablábamos de nosotros. La palabra en sí misma reprimía muchos pensamientos. Lo amaba, el simple hecho de sentirlo a mi lado me hacía feliz. ¿Era felicidad?

-¿Es la idea de eso que siempre escribes? Cuentos le llamas…

-No estoy segura, puede ser ahora el nudo de una novela.

-¿Acaso eso se enreda?

-Sí, esos enredos de alguna forma, están en nuestras vidas

-¿Nuestras? Tuya dirás, vos y yo somos como el agua y el aceite. Lo mío es mío y lo tuyo,  bueno…

Me levanté de la mesa, recogí todo, le di un beso en la frente y me despedí. Me subí al carro, abrí el portón presionando el botón, encendí la radio, coloque el cinturón de seguridad y salí a la oficina. Él, por su parte, terminó su taza de café 15 minutos después de que yo salí. Revisó puertas y ventanas, llaves de agua y de gas. Subió a su auto y salió exactamente 30 minutos después.

La puntualidad lo caracterizaba y eso me gustaba. Ya eran las 13:30 vi el celular y su llamada rutinaria era recibida. Le contesté, lo saludé y le dije que lo vería por la noche. Revisé el whastapp estaba “en línea”, nunca escribía. (Por supuesto, duele.) Los asuntos del trabajo lo mantenían en línea con todo el personal del área administrativa. Yo lo desconectaba del mundo. Mientras tanto, la revisión de una novela producía desaciertos en mi mente. Recordé entonces que siempre tuvo razón: los números y yo teníamos una relación nula.

Regresé a casa 15 minutos antes de él, como siempre, lograba adelantar algo de la cena,

-Hoy chuletas de cerdo…

-No quiero, almorcé costillas hoy, cámbiala.

-¿Sopa de pollo?

-Sí, en la cena es tu especialidad, lo único que sabes hacer…

Siempre respondía secamente y sin sentimiento. (Nunca supe por qué, pero) me había acostumbrado a recibirlo así. Sabía que estaba recostado en la recamara viendo televisión, hoy jugaban dos equipos importantes del extranjero e interrumpirlo causaría un revuelo. En días como hoy, sabía que el trabajo había estado ameno, problemas con solución y una que otra felicitación. Su mirada lo delataba, había hecho algo muy bueno. Cuando se recostó, supe que hoy descansaría tranquilamente.

-Se dice que los números primos nunca estarán juntos, pues un número par siempre los separa. No es seguro, se dice también que todos los números son naturales y enteros. No. Las fracciones y los números negativos ¿qué lugar ocupan?

No sonrió durante la cena. (Su frialdad me encantaba.) Leía el libro de turno “El capital” Carl Marx. Lo había leído varias veces, esta vez era la sexta. Terminó, dio las gracias, recogió todo y continuó viendo el partido. En efecto, esa noche descansó de la mejor forma. (Me gustaba verlo dormir.) Para mí no eran desconocidos sus pensamientos, yo leía su mente, su mirada, sus gestos… sus actitudes eran predecibles. Y tuve miedo…

De pronto desperté.

Iris Cecilia Alvarado*

Foto: Walter Weismann Sánchez 

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