Los papeles asustados chocaban y se lastimaban unos contra otros, contra los muebles y contra mi cuerpo.

Salían hojas de todas partes. Gavetas armarios, libreras, escritorio del piso; inclusive de las paredes. De diferentes colores, tamaños y calidades. Todos movilizados, agitados, por quién sabe qué fuerza extraña. Se golpeaban, atacaban y herían.

Cada vez más papeles arremolinados dirigiéndose hacia mí. Más veloces y organizados.

Cuando se inició el movimiento los grandes papeles atropellaban, sin proponérselo, a los pequeños que se les atravesaban e interferían en el logro de su objetivo. Los pequeños se quejaban por el dolor que esos golpes les causaban y lamentaban su incapacidad frente a los mayores. Lejos de cumplir con su misión, peleaban entre sí. Discutían. Se agredían mutuamente.

Comprendieron que no iban hacia ningún sitio, que su actitud no les garantizaba el éxito y decidieron unir sus fuerzas. Se agruparon bajo las órdenes de uno de ellos. Eligieron un comandante e integraron un solo ejército.

El comandante diseñó el esquema de ataque. Los grandes papeles a la avanzada y los pequeños a la retaguardia.

La fuerza que los ponía en movimiento aceptó esa forma de organización y sugirió las modificaciones necesarias en pro del éxito a más corto plazo. Propuso tomar en consideración, al formar las diferentes falanges, el grosor del papel por la efectividad y resistencia a los golpes. El color debía ser observado por razones estéticas.

Una vez establecida la alianza, el comandante dio la orden de comenzar el ataque. La Fuerza se preparó para ponerlos en movimiento.

La ofensiva fue iniciada según el plan preestablecido. Papeles iban y venían. Unos atacando al frente, otros a la retaguardia.

Todo marchaba bien. Se escuchaban las cornetas indicando avanzada o retirada y los redoblantes que establecían el ritmo de ataque. La banda fue dirigida y constituida por un único integrante, la Fuerza.

Las hábiles manos de la Fuerza elaboraron pequeñas naves de papel en diferentes colores y grosores. La función que las naves realizaron fue clavarse como puñales en los puntos más vulnerables de mi cuerpo.

Las otras hoas de papel se me enredaban en los brazos y las piernas, impidiendo cualquier movimiento. Algunas de ellas volvían a elevarse y se me dejaban ir directamente a la cara. Cubrían mis ojos, evitando así que estableciese el origen o detuviese el ataque.

Pasados unos instantes, realizadas algunas etapas del plan, las hojas de papel comenzaron a vanagloriarse por sus aciertos. Le restaban méritos a la Fuerza, atribuyéndole todo el honor a la habilidad de su comandante.

La Fuerza, en tanto, se enfureció. Demostró que ella merecía los homenajes y que a ella deberían ser rendidos. Su cólera la condujo a destruir a todos los papeles. Los huzo chocar unos contra otros y herirse.

Se escuchaban gritos de dolor. Llanto. Se sentía el olor dulce-salado de la sangre que brotaba de sus venas pausadamente y la vibración intensa de los borbotones que se fugaban de las arterias del papel.

Unas contra otras, las hojas de papel se insultaban, maldecían su suerte, se lamentaban… se aruñaban… se daban de mordiscos… estrujaban a las más débiles…

Algunas intentaron pedir auxilio y fueron calladas por los gritos amenazantes de quienes les garantizaban salvación si la Fuerza se detenía. Trataron de hacer una tregua con la Fuerza, no fueron escuchadas sus solicitudes.

La Fuerza se debilitó de repente. Se detuvo la destrucción y el sufrimiento. El papel creyó que había sido escuchado. La razón fue otra. Se fundió un fusible y dejó sin energía eléctrica a los de la casa… el ventilador tuvo que detener su venganza hacia su insubordinado ejército y se olvidó por unos instantes de mí.

Yo no fui capaz de aprovechar la confusión para destruir la máquina ni a su ejército. Mi cuerpo estaba cansado y estrenaba incontables cicatrices; mis ideas se agitaban en mi cabeza como enuna licuadora y no lograba detenerlas.

***

Ligia Escribá (Guatemala, 1954). Narradora. Publicó los libros Surco y semilla (poesía, Rin-78, 1979), Las máquinas y yo (Tipografía Nacional, 1984, del cual procede este relato) y Cuentos (Serviprensa Centroamericana, 1985). También es autora del estudio Frente al mágico espejo (G&T, 1998), dedicado a la pintura y escultura de Dagoberto Vásquez Castañeda.

***Selección y transcripción: Eddy Roma  *** Foto: 5:26, por Eduardo Juárez

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