Poema del renacimiento

Después de que el tiempo es tiempo vos estás aquí,

aquí estoy yo, allá están todos, ninguno por aquí,

cualquiera en el remaje eterno de la brisa desigual:

el lago, el río, el mar, la laguna que nunca vemos

porque es el agua sempiterna, colada, sucia,

negra, ahora, contaminada, muerta aunque estamos

en medio de esta tierra que nos ve a los ojos

como cuando nuestros ojos también ahí están

uno frente a uno, dos frente a dos, enfrente

cada uno en el sonido, el ruido inmejorable

del silencio voraz en medio de dos corazones

y el agua que pasa en medio de nuestras manos entonces

y el sol que pasa en medio de nuestra cara entonces

y el tiempo que pasa en medio de nuestro tiempo entonces:

la dimensión reconfortante de cuando estamos

en medio de nosotros, de nuestra estadía, de los

cuerpos efímeros que se manifiestan en nuestra eternidad,

digo, vos y yo somos uno quizás, dos por momentos y

las realidades se bifurcan, se multiplican en contrapesos

por linajes de racismo, de odio, de muerte y vida

que resucita, que se marchita, que se incita a sí misma,

que se ama, que se perdura, que se invisibiliza.

La vida, la idea, el corazón, la cabeza, vos y yo,

yo y vos es el lugar, ese espacio infinito de la

constancia en la permanencia de la tierra, del

sentimiento invaluable, del constreñimiento de

nuestras costillas por vivir, por amarnos, por inventarnos,

por respirar, por renacer, por caer y morir y construir

y destruir y más por más de más en la inabarcabilidad

de las cosas que seremos, somos, fuimos.

Aquí estaremos de algún modo encontrándonos en el

jardín, la calle inquieta, la resolución desafinada,

el momento crucial, esa corazonada de coincidir.

 

Poema del precipicio

Escribir poemas y perderlos creo que es mi movimiento,

mi situación frente a lo inevitable, el giro de mi mundo:

la perdición: encontrarme perdido, recostado en el

vacío que es mi propio vacío, mi desgana: recostarme

sobre al aire desvencijado con mis huesos desvencijados

que rechinan sobre el ruido y bajo el constante repicar

de lo inevitable que se torna, frente a los ojos todos,

como lo inasible e insaciable, aquella certidumbre

destructora del haz de luz inmarcesible, la oleada ma-

rítima que nos esfuma el horizonte, nos difumina la

visión del cielo con la tierra, esa unión continua que se

fragmenta sin decisión alguna, así como así, asá como asá

como cuando el silencio se nos atora en la garganta y, claro,

la perdición ahí permanece en donde las cosas se pierden,

en donde el mundo se nos presenta redondo,

ovoide como teta dijo don cristóbal

o que se alimenta sobre una tortuga,

sobre un gigante, sobre el huevo eterno de todos los huevos,

etcétera y etcétera y etcétera. En fin, a las palabras

se las lleva el viento para que regresen a su orden habitual:

la nada del vacío que nos inunda y/o el recuerdo de lo que existió

y/o la ventura de la sinventura en el universo casual:

más o menos lo mismo da, menos o más quién lo sabe:

el extravío de la resonancia frente al espíritu demudado.

 

Poema para el olvido

Desconocer el pasado y arruinarnos en el futuro,

el presente ya está jodido así que a nadie le importa:

ignoramos y ya, olvidamos y ya: vamos a trabajar,

vamos a dormir, vamos a comer insaciablemente,

nos bañamos en nuestros desperdicios,

destruimos lo que nos rodea: nuestros hermanos

humanos, nuestros hermanos animales, nuestra

hermana naturaleza: no importa, nada sabemos,

todo ignoramos: perdón y olvido hasta que al fin moriremos.

 

El poema que nos reduce

El juego se desnuda

el tiempo vive consumado,

ameno, terrible, limitado, angosto.

Y, así, recordándolo, el tiempo digo,

la vida se agosta, un minuto son dos

minutos, el pasado que nos muerde,

el recuerdo se nos acumula.

 

Poema de la fragilidad

La ciudad está vacía,

el mundo está vacío

y yo, ser humano,

parado en esta tierra

con miedo a que me roben,

con miedo a que me maten,

con miedo a vos,

con miedo a mí,

mi miedo que se avecina

precipitadamente sin darme cuenta:

miedo de lucero,

miedo de cuento,

miedo de sueño….

¡!

Ah destino en vilo.

[Foto: Eduardo Juárez]

Eynard Menéndez. Hombre desde 1990 y nada más, nada más que en contra de su voluntad. Displicente igual que tantos, amante de los libros como otros, de esas letras que parecen inofensivas pero son un torrente de sangre y vida… Amante del mundo que nos rodea porque, después de todo, mundo es y debemos admirarlo, como si una fuerza extraña nos obligara a hacerlo…

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