Me encontraba en una de las mejores etapas de mi vida, aunque nunca llegué a sentirme amante del lujo. Mi carrera de ingeniero apenas iniciaba, yo era todo un recién graduado, bien recuerdo que para ese entonces el único precio de mi éxito fue la pérdida de la mayoría de mis relaciones interpersonales: amigos, familiares cercanos y, los lejanos, pues aún más lejos, a decir verdad tenía muchos nuevos compañeros de trabajo en aquel tiempo, pero ninguno siquiera, me llamaba por mi nombre, sólo por mi apellido y quisiera pensar que era por respeto y no por no saber nada de mí. Y de pareja, mejor ni hablar, que al respecto sólo recuerdo bien que todas las “ex”, seguían siendo eso, “ex”.

La casa que solicité ver, la residencia de mis caprichos, con las comodidades mundanas del día a día, una casa diseñada para demostrar independencia y virilidad a quien se acercara. Una trampa de dormitorios y salones de un sólo nivel, la que me cobijaría sólo por el gusto de acercarme a mis labores. Esa casa estática en su sobria cara frontal, pero con el “aleph” arquitectónico de sus cimientos en su interior, fue la fortaleza que me hizo quien hoy soy.

De aquella rareza construida entre la arboleda encallejonada de la carretera principal, conservo en la memoria cada espacio vacío, cada medida entre mueble y mueble, el olor a resina de pino cerca de las ventanas abiertas, la textura de sus pisos de cerámica a sobre uso y sobre todo, el color de cada pared.

Apenas destacaban otras cosas a mi vista por la perturbada fortuna que había vivido, pero la mancha en la pared, que según mi agente de bienes raíces, decoraba la habitación principal, se robaba en su mayoría mi atención. No eran las telarañas en el alto rincón del techado, ni las baldosas grises entremezcladas que doblegaban la belleza de los baños impecables en blanco, sólo una diferida muestra del poder del cosmos asomándose en forma de mancha.

Es una mancha pequeña me sugestionaba a mí mismo cuando por las mañanas la veía como vigilante de mi sueño, sentía esa necesidad de sugerirme que no crecía día con día. Pensé que era de un color que pudiera asociar con la humedad de la casa en el área, pero no funcionó mi teoría porque entre veranos e inviernos permanecía. Tenía este residente para mi consuelo, porque cuando me desvelaba algún proyecto que llevaba de mi casa a la oficina, recubría mi espalda, expectante, casi como mi sombra.

Fue demasiado el tiempo que le compartí mi solitario tiempo a la mancha de la habitación, y debió ser propicio que para ese momento, yo me moría de sueño y cansancio sobrado por atender a mi cuerpo. Sólo sé que al empezar a despreocuparme de la mancha fue cuando realmente me preocupó.

Por la madrugada que surcaba mi mente entre textos y decisiones al cálculo, me pareció claro lo que la mancha tenía preparado para el reproche, me sentí un extranjero en el cuarto, un virus amedrentando dentro de un puro y sacro templo, sólo porque la vi detenidamente, entonces al ver la hora tras luego de la conversación con la pared, noté lo mal que estaba todo, sentía esa mancha tan grande como densa, y mi piel eriza por un miedo inocente que me recordaba al que de niño me atravesaba. La reacción más espeluznante fue sentir casi un alma humana respirando a través de ese muro, cautivado al ver las agujas del reloj en mi muñeca, que indicaba que estuve contemplando ese lienzo por más de cuatro horas consecutivas, imaginándome que sólo había perdido la concentración por unos pocos segundos.

El resto apenas tuvo importancia, decidí que lo mejor era dormir en el cuarto aledaño que era el de huéspedes, quizá más pequeño, pero más tranquilo. A la vez le empecé a mostrar un religioso respeto a aquella pared cuando asomaba por ahí, como si existiera compañía para mi alma que al mismo tiempo repudiara tener que encontrar. Con el tiempo la empresa en la que laboraba decidió darme oportunidad en otro departamento, oportunamente cerca de mi antiguo hogar.

Es que no quiero más recordar como era pasar la noche en ese lugar, ficticio o no, tenía pesadillas donde esa mancha reaparecía de a poco en la pared que tuviera más cerca. Me volví un paranoico con asuntos de crear salidas imaginarias a mi vista de ese fantasmagórico espectro sin forma ni dimensión. Incluso el día que hice las maletas para la mudanza, aproveché a asegurarme de que esa habitación fuera la última en desocuparse y la última que pudiera ver al desnudo, fue incluso un alivio físico el que percibí al salir del cuarto sin atreverme a darle mi espalda con la cabeza un poco agachada.

Con el pasar de los meses me enteré que el dueño original de la casa decidió tirarla abajo, construir un nuevo complejo habitacional sobre la ruina del anterior. Así que al saber de la noticia me sentí nostálgico y viajé a las afueras de la ciudad solo para encontrar los restos de polvo y ripio con salvaje inexpresión. Preferí cuidar mis pasos sobre los escombros como recreando un modelo matemático de la posición original de cada ladrillo y block, adorando con mis ojos las formas rebeldes del metal doblado de los antiguos cimientos.

Me sentí parte importante de lo que ahí descansaba. De pronto me invadió la necesidad de curiosear por donde se suponía estaba la mancha en la pared de la habitación. Volví a recobrar un aliento de ansiedad por conocer la verdad detrás de ese peculiar espectro, sentirlo a mi merced, como coloso vencido por la humanidad de un pequeño niño.

Y entonces ahí estaba, dándome la cara, esa mancha que tantas veces me imaginé más grande, reducida a un trozo de cansado ripio, entero, pero vencido ante la gravedad del mundo, tersa a mi impulso de voltearla para saber lo que era en realidad, si es que la realidad no me hubiera golpeado entonces.

Rodrigo Estuardo Villalobos Fajardo (Guatemala 1992), es el mayor de tres hijos, estudió su primaria en la Escuela Josefina Alonzo anexa al Colegio San Sebastián y sus básicos en el Instituto PEMEM II de la Zona 1; en el 2008 continuó sus estudios de diversificado en el Instituto Nacional de Bachillerato en Computación. En el 2011 siendo estudianteuniversitario de Ingeniería hace público su blog de poesía, “Poesía Tenue Y Tinta Para Amar”, donde expone poemas de su autoría. En la actualidad es estudiante de la Licenciatura en Letras de la Universidad de San Carlos.

*Foto: Walter Sánchez

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