Aún no sé qué creer respecto a lo de Judas. A mí me parecía buena onda. Lo empezaron a llamar Judas, desde aquella Huelga de Dolores en la que anduvo besuqueando a cuanto peludo se le puso enfrente. Fue entonces que la mara empezó a sospechar que a él no solo le gustaban las mujeres, sino que agarraba parejo; algo que, por otra parte, no les extrañó demasiado, porque ya llevaba años de ser novio de la Magda, y ella es poliamorosa declarada. No es sino hasta ahora, después de la muerte del Cristo, que algunos andan hablando de él, haciéndolo de menos, diciendo que fue por maricón que se suicidó, porque estaba enamorado en secreto. Hay otros, sin embargo, que piensan que la relación entre ellos era puramente comercial, ya que el Cristo le vendía licor artesanal al Judas. Estos últimos tienen la teoría de que el Judas no se suicidó, sino que simplemente se intoxicó queriendo copiar la fórmula del licor, pero sin tener la receta original. Dicen también, que el licor que hacía el Cristo era exquisito, y que, en general, era un genio para la química. Una especie de alquimista hipster, no como los esotéricos de Cohelo, sino uno de esos que de verdad convierten las piedras en oro, el agua en vino y levantan a los muertos. Pero a pura ciencia, se entiende. Por eso es que le decían así, el Cristo. Era tan bueno, que una de las grandes licoreras ya le habían echado el ojo y le había ofrecido un salario de manager aunque todavía le faltaran dos años para graduarse. Dicen que él se negó porque estaba participando activamente en la comunidad creative commos, de licencias libres, y que tenía la intención de aplicar esas licencias a todo lo bebible y comestible. Cabal el día que lo mataron había recibido la invitación oficial para presentar uno de sus milagros etílicos en una conferencia en Brasil que se titulaba: “La Multiplicación de los Panes: aplicando las licencias libres a los productos básicos”. Uno de los organizadores escribió en el muro de Cristo, en una de las redes sociales: estamos tristes por esta péridida. de seguro hubiera hecho cosas grandes.

Pero volviendo al Judas, en verdad no tengo idea qué tipo de relación tenía con el Cristo. En el trato diario se les miraba tranquilos, como compañeros de carrera y no mucho más. Pero uno nunca sabe. Pablo, otro compañero de Ingeniería Química, que conocía muy bien al Judas y al Cristo, jura que sí había algo allí, pero que él no cree que el Judas se hubiera suicidado por cuestión de amores. Él me contó que la última vez que lo vio, andaba borracho en una cantina, hablando tonterías y pidiendo a gritos el mejor tequila que tuvieran. Tenía el tacuche arrugado y la camisa hecha un asco, pero se notaba que ese día se había esmerado para vestirse. Dice Pablo que poco antes de salir de la cantina, se le acercó en confianza, como para confesarle algo, pero que el alcohol ya le había enredado la lengua, así que solo pudo entender algunas palabras sueltas: prioridades, sacrificio, Cristo mala onda, emprendedores, hotel en la zona viva… Después se puso el dedo en la boca y, shhhhh, yo sé que vos no vas a decir nada, le enseñó la pistola que cargaba en su mochila, envuelta en un pañuelo azul. Pablo dice que, aunque no sabe nada de armas, podría asegurar que es la misma con la que mataron al Cristo. Después, cuando se levantaron los dos para pagar, Pablo vio que el Judas llevaba una foto del Cristo en la billetera, y tantos billetes que no la podía ni doblar. Al día siguiente de eso, encontraron al Judas envenenado en un cuarto de hotel en la zona diez, abrazado a una botella del ron más caro, adulterado, y una nota en la que se despedía de Magda, pidiéndole perdón. Pablo dice que el Judas era un oreja y un sicario. Quién sabe. Tal vez son puras casacas del Pablo. Yo sé, por ejemplo, que al Judas no le gustaba el tequila.

La semana pasada vi al Pablo y a la Madga, llegando a Tikal-Futura, en carro nuevo y muy bien vestidos. En el estacionamiento los recibieron unos tipos que tenían una cara de guardaespaldas, que ni les cuento. A saber en qué se andarán esos dos. Yo, por si acaso, cada vez que me encuentro al Pablo y me vuelve a hablar del Cristo o del Judas, solo le contesto: ajá, si pues, cabal, y en cuanto puedo, mejor me zafo.

[Foto: Eduardo Juárez]

Tania Hernández. Ingeniera en sistemas, informática, cuentera, cinéfila y bloguera. Llegó al mundo ocho años después que se iniciara la guerra interna en Guatemala y se convirtió en migrante un año antes de la firma de la paz. Nació, creció y se multiplicó literariamente entre Guatemala (real y virtual) y Frankfurt, Alemania. Ha publicado reseñas y cuentos en blogs, revistas, periódicos, antologías y hojas sueltas. Tres de sus relatos forman parte de la antología Cuerpos – relatos eróticos de mujeres, de F&G. Su primer libro, Love Veintediez, fue publicado por la editorial Sin Tecomates. Es cofundadora del colectivo Literatas que dan Lata.

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