De especial no tenía ni el nombre: “Pedro José García Fernández”. Lo que se debe valorar es que él tampoco pretendía engañarse -y aquí es donde el tipo era una especie de sabio-, en el fondo, bien sabía que poco o nada valía su vida, como cada persona puesta en este mundo. “Sin excepciones”, seguramente eso hubiera pensado.

“Objects in mirror are closer than they appear”, siempre quiso saber qué significaban esas ocho palabras que, curiosamente, él veía que estaban pegadas en todos los retrovisores de los automóviles. Nunca se acordó de preguntarle a Claudita, su hija, por el significado, seguramente la niña de doce años le habría respondido, o por lo menos, inventado alguna cosa para quitarle la duda.

Un día de noviembre, como a eso de las seis de la mañana, Pedro José salió de su casa para ir a trabajar, el aserradero estaba a unos cinco kilómetros. Dejó calentando el motor del pick-up mientras iba a cepillarse los dientes, era la única sesión de cepillado que tenía en el día. Se despidió de su esposa y se montó en el pick-up. Quitó el freno de mano; clutch a fondo; la palanca pasó de neutro a primera; pisó el acelerador; liberó el clutch de a poco, sin caer en la lentitud; el pick-up se movió y por fin, liberó completamente el clutch. Pedro José no lo notaba, pero ese ritual lo elevaba a un nivel casi artístico. Finalmente, Pedro José llegó al chance. El local medía unos 10 x 15  metros, aproximadamente. Se quitó el suéter, lo puso en una pequeña mesa que servía de comedor al mediodía y fue directo al trabajo. Tomó una pequeña nota que contenía todos los pedidos, los trató de memorizar, metió la nota en el bolsillo del pantalón y fue a donde tenía las tablas. ¿Qué más se puede decir? Pasó cortando madera sin parar durante unas dos horas.

De pronto, paró el trabajo y se fue al sanitario -que se encontraba dentro del local, separado por una cortina vieja y sucia-. Sorpresa, quería cagar. Pedro José sentía “rico” cuando la mierda salía de su culo. Bueno, tampoco es que sea tan sencillo; mil y una de cosas deben pasar dentro del cuerpo para poder defecar, ¿qué importa? Pedro José lo disfrutaba. Cuando terminó de expulsar las heces, a su mente llegó el recuerdo de su mujer, desnuda en la cama. No supo cuándo, pero Pedro José ya tenía la mano en su falo y la comenzaba a mover lentamente, mientras este se elevaba y se ponía duro. La velocidad aumentaba, si el tipo era bueno arrancando automóviles, para echarse las pajas era mejor. Apretaba más su verga, su puño topaba con el área púbica mal rasurada (Pedro José no había visto una sola película porno en la que el protagonista no estuviera afeitado). Más rápido, no le importaba que su culo estuviera manchado de mierda. En un minuto, aproximadamente, se percató de que ya se venía. Apuntó hacia la taza del sanitario y tres segundos más tarde, pobremente eyaculó unas gotas de semen. Terminado esto, dejó pasar unos treinta segundos, y solo el jadeo silencioso había quedado como rastro de su autocomplacencia. Tomó el papel higiénico, se limpió y echó agua; un leve sentimiento de culpa lo invadía, se le pasaría, como era de costumbre.

Volvió al trabajo y pasó cortando madera una media hora. Se recordó de lo que hacía unos minutos había hecho en el sanitario y esta vez no tuvo culpa. Las ganas de hacer lo mismo, o quizás más, lo invadieron. No se aguantó, desenchufó la sierra, tomó el suéter y cerró con doble llave el local. Repitió el ritual para prender el pick-up y se fue directo a su casa. Cuando llegó, se bajó del pick-up, tocó el timbre dos veces y su mujer le abrió. Sin mediar palabras, la tomó de la cintura y la cargó hasta la cama de su cuarto. Le quitó la ropa, él lo hizo también. Hicieron lo que él quiso y quedó satisfecho. Dejó pasar unos minutos para ponerse la ropa, su mujercita lo imitó. Esta vez, Pedro José había quedado muy satisfecho.

-¿Aquioras viene tu mamá?

-Dentro de una hora, más o menos- dijo Claudita, con los ojos un poco húmedos, una vergüenza grande y asco por sí misma-, fue a pagar la luz, recordáte que ya son dos meses los que debemos.

Foto: Cindy Lorenzo. 

Selvin Chiquín. (Guatemala 1995). Estudiante de Historia en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Adicto a la procrastinación. Blog: unmuertoentrelodo.wordpress.com

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