La primera vez que conté la historia (nuestra historia) todo era real, verídico hasta cierto punto. Los acontecimientos se sucedían uno tras otro, tal y como muchos lo recordaban o como se dijo que fue. Luego todo empezó a cambiar y para entonces la distorsión de nuestra historia ya no tenía limite imaginable. Entonces la veía caer entre gritos de personas desconocidas, en la espesura de la oscuridad de aquella noche (¿era de noche?) y mi vano intento por convencerla de que no era el momento. Ella dijo que igual no importaba, que antes o después era lo mismo, y yo desperté pensando que era cierto lo que había dicho, pero ya era tarde. Ella igual nunca lo dio a entender. Entonces, cuando volví a contar la historia (nuestra historia) los policías levantaron las cejas y preguntaron nuevamente “por qué la empujó” y yo respondí que no lo sabía. Llorando, ella me dijo que había un nudo escondido en su garganta que no la dejaba comer en paz y la ignoré, estaba cansado y el reloj parecía querer recordarnos que era de madrugada cuando ella dijo que no importaba. “¿No importaba, qué era lo que no importaba?” Preguntó el otro policía y respondí que no sabía, que por eso la había seguido hasta el puente cuando la empujé. Claro que la amaba, de eso estábamos muy seguros ambos, pero entonces ella quería tiempo para estar sola y acepté con la condición de que yo estuviera allí, pero ella se quedo callada mucho tiempo, tanto que tuve que empezar a gritarle para que me escuchara. “Pero usted… ¿sí la empujó o solo soñó que lo hizo?” “Creo que soñé señor, que lo hice, igual, muchos vieron que la empujé aunque solo haya sido un sueño”. Ella regresó la mirada cuando se iba hundiendo y la saliva que salió de mi boca cuando le dije ¡regresa! nunca la alcanzó y su cabeza explotó al impacto con el suelo y la sirena ahogó mis gritos y entonces salté atrás de ella, pero cuando desperté estaba en el hospital. No tuve el valor de alcanzarla, su sangre en el pavimento me hizo vomitar hasta las palabras que nunca le dije y que ella se inventó. ¿Suicidio? No. Ella no se suicidó ese día, fue mucho tiempo antes cuando me dijo lo del nudo e intenté no escucharla, pero ella lo repitió tantas veces que tuve que salir corriendo de la habitación, se estaba ahogando y pedía que la ahorcara, ¡ahórcame! ¡ahórcame! ¡ahórcame!, pero yo no pude. Pensé que cuando regresara a casa ella estaría colgando del techo, que sus zapatos estarían en un vaivén junto con el viento, pero no, aun le faltaba mucho para llegar al puente. Con el tiempo, los acontecimientos han cambiado, la historia ha dejado de ser la misma y hay días en los que me pregunto si es cierto lo que estoy contando, lo que me estoy diciendo. Unas veces entro a nuestra casa y ella está colgada del techo, en un vaivén con el viento; otras ella simplemente esta en el sofá bebiendo café y esperando a que regrese. Ese día, el del puente, ella dijo que se iría y que mejor no la llamara, que nunca fuimos nosotros, que ella me engañaba para no estar tan sola y yo la necesitaba a ella para que lo esperara. Se fue y entonces la seguí.

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Foto: Carlos Bernando Euler Coy. Usada con permiso.

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Edwing Marroquín. Editor de Revista Mandrágora. Lector y estudiante de Letras.

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