Como despertando de un sueño, abro los ojos y veo mis manos teñidas de sangre, pintadas de rojo, temblorosas aún por algún evento que no logro recordar. Debo admitir que no me asusto, sólo deseo recordar qué ha pasado, por qué tengo sangre ajena en mis manos, sí, esta no es mi sangre.

El lugar me parece familiar, este cuarto tenuemente alumbrado por el miserable foco de 25 watts ubicado en el rincón se me hace conocido. Una mesa llena de libros y algunos discos compactos tratan de hablarme para que recuerde en donde estoy, pero no les entiendo. Ropa sucia y ropa limpia acumulada en enormes bolsas yacen al lado de la mesa. Al otro lado de la habitación, una televisión encendida y sintonizada en un canal que sólo genera estática y un mueble de madera pintado de color blanco sobre el cual se encuentra la mencionada televisión. Casi al centro del cuarto, la cama en la que me encuentro sentado, pensativo, ensimismado, con los ojos llenos de dudas y las manos llenas de sangre. Es casi increíble cómo pueden caber estas cosas en un cuarto tan pequeño, es casi increíble cómo puedo caber yo en este lugar.

Al lado de la cama veo una caja grande de plástico y sobre ella hay una computadora portátil. Debo suponer que me pertenece. Está encendida y en la pantalla observo un documento abierto, una especie de carta imagino. Con curiosidad me acerco para leer que dice, tal vez la haya escrito yo mismo o la persona propietaria de este líquido rojo que le da el cálido color a mis manos. Cómo sea, me acerco para leer y tratar de descubrir que hago en esta situación tan extraña.

En efecto es una carta que dice:

Siempre supiste que eras una bomba de tiempo a punto de explotar. Siempre lo supiste y no quisiste hacer nada, sólo seguir acumulando rabia, ira, furia, rencor. No puedes argumentar que no lo sabías porque más que saberlo, tú lo sentías. Día tras día sentías como crecía dentro de ti toda esa oscuridad. Creíste poder controlarla pero fallaste estrepitosamente. Todas las mañanas veías en el espejo al monstruo que trataba de ocultarse tras esa máscara, a la que desesperadamente te aferras, y sin embargo nunca quisiste darte cuenta que ese monstruo poco a poco fue consumiendo al ser humano débil y cobarde que siempre fuiste. A esta hora, mientras lees este texto, te preguntarás ¿qué sucedió, qué hiciste, a qué inocente ser le pertenece la sangre que marca el delito en tus manos? Me río de ti, eres tan mediocre que tuviste que asesinar a alguien más débil que tú.

Siempre te imaginaste como un genio de la literatura; de aquellos torturados por la vida, por el amor, por la economía. Resulta que a pesar de que vives en la pobreza y atormentado por tus demonios personales, no eres un genio, ni siquiera un escritor, eres solamente un miserable asesino. Amaste y te amaron pero nunca lo notaste porque tenías tu atención en tus libros fríos y egoístas. Tuviste el éxito en la palma de tu mano pero lo soltaste por tomar una cerveza más del estante del supermercado. Tuviste la oportunidad de renovar tu vida pero decidiste vivir dentro de una canción. Te he visto deambular por las calles, desempleado, sin dinero, odiando y siendo odiado y en verdad no puedo sentir pena por ti. Te creíste superior cuando en realidad siempre has sido inferior. Ahora sólo te queda una salida, siempre la has considerado como una solución y en efecto, es lo único que te queda, si aún tienes un poco de valor y decencia. No te diré a quién has matado, eso lo descubrirás pronto…

No entiendo muy bien, o no quiero entender. Me siento confuso. Esta carta me ha dejado más dudas de las que ha resuelto. Volteo a ver hacia la cama y veo varias fotografías manchadas de sangre. Las tomo y observo. Hay una foto de mi madre llena de agujeros provocados por un cuchillo; veo la foto de mi padre con quemaduras de cigarrillo en varias partes; hay una de mi esposa con la parte de la cabeza arrancada. Debo suponer que he asesinado a alguno de ellos. Mi cabeza da vueltas violentamente, la náusea destroza mi estómago, me siento en una montaña rusa. Mi pecho se siente comprimido, me duele el brazo izquierdo, se me duermen las yemas de los dedos y la visión se ha vuelto borrosa. Siento que me ahogo. ¿Qué debo hacer?

Tomo una cuerda amarilla con la que mi esposa solía hacer ejercicios, la sujeto de una viga del techo y anudo el otro extremo alrededor de mi cuello. La gravedad cumplirá su papel de verdugo en esta auto-ejecución.

***

Nota periodística:

Anoche, a las 20 horas, en una casa ubicada en la 16 avenida y 40 calle de la zona 08 de esta ciudad capital, fue hallado el cuerpo sin vida de un hombre de aproximadamente 35 años de edad. Por solicitud de la esposa y demás familia, no se da a conocer el nombre del fallecido. Se le encontró ahorcado en su habitación. La policía investiga detenidamente la escena por lo extraño de la misma. Se cree que es un suicidio provocado por algún tipo de desorden de ansiedad pues el referido individuo poseía antecedentes clínicos de desórdenes  psiquiátricos. En la habitación contigua a donde fue encontrado el occiso, se encontró el cuerpo sin vida de la mascota de la familia, una gata de color atigrado gris con negro; la misma fue despedazada violentamente por el suicida.

(Foto: Eduardo Juárez)

Douglas Rodas. Guatemala, 1980. Pensum cerrado en la licenciatura en Letras de la Universidad de San Carlos. Dos libros próximos a publicar, Crónicas de Camioneta y 9.8, del cual se desprende este relato.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s