Jacinto se desvaneció mientras fumaba.

—Despertaron al que soñaba —comenté.

—O tal vez lo mataron —Gabriel se sirvió café.

—¿Que qué? —se extrañó Cindy.

—Eso —Gabriel siguió cortando su omelette de huevos con tocino—. A todos nos sueñan acá y cuando se despiertan, pum, nos acabamos.

—¿Cómo así, cómo así, cómo así? —insistió Cindy.

—Fijate en las demás mesas —Gabriel señaló con su cuchillo—. Allá estaban celebrando un cumpleaños. Solo quedan la cumpleañera y dos de sus nietos. Los meseros que cantaban happy birthday se borraron de un aplauso. De plano los soñaban al mismo tiempo.

—No puede ser muchá, ¿en serio? —Cindy empezó a llorar.

—Mejor sigamos comiendo —dije—, no sea que le pase algo al que me sueñe y me quede con el plato a medias.

—Solo en usted piensa —Cindy recibió la servilleta que le pasó Gabriel para limpiarse el rímel de los ojos.

—¿Qué puedo hacer? El otro día que regresaba en avión me puse a pensar “¿y si de repente se explota en el aire?”. Estábamos a saber ni a cuántos metros de altura, encima de aquellas nubes que parecen campos tapados por la niebla, cuando da la impresión que el avión no se mueve a ninguna parte. Comencé a soplarme el dedo pulgar y me decía que en cuestión de milímetros o segundos —son lo mismo, una medida para el espacio y otra para el tiempo, ¿no?— todo se acababa. Todo, como ahora que me enteré que nos están soñando o tal vez imaginando despiertos.

—Tenemos suerte de vernos como personas normales —Gabriel acababa de sacarse el tenedor de la boca—. Nos pudieron pensar como marcianos cabezones, animales sacados de las pinturas del Bosco o criaturas biomecánicas como las de Giger.

—Jaja —me reí—. De repente en otro salón ocurre eso que decís. Imaginate un tecolote estilo Ramírez Amaya queriéndose encaramar sobre la dama por quien matar dibujada por Frank Miller.

—O un montón de hombrecitos vestidos de barrilete, que viven en casitas voladoras con techo de caparazón de tortuga y toman gotas de luna en cuencos de plata —se rió Cindy.

—Así es como nos gusta Cindy, cuando se alegra, ¿verdad vos Gabriel?

Gabriel ya no estaba. Tampoco Cindy. Quedaron sus platos a medio terminar. Los acerqué, eché su contenido al mío y seguí comiendo.

(Foto: Eduardo Juárez)

Eddy Roma (Amatitlán, 1977). Narrador. Ha publicado los libros El cabezón de la banda (Editorial Oscar de León Palacios, 2000) y Café con piernas (Editorial Cultura, 2011). Relatos suyos aparecen en la antologías Sin casaca (Centro Cultural de España, 2008) y Ni hermosa ni maldita (Alfaguara, 2012).
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