[1]

Balada a un muerto

Le he puesto una venda
a los ojos de la noche
para que no me vea llorar,
para que sienta que sonrío
y que el crujir de mis quijadas
es el alegre invierno en la ciudad.

Las paredes me circulan,
como el abrazo consolador
a los dardos que he recibido
en el pecho,
como un reo ejecutado
en la pradera más verde
con su olor campestre de frambuesa
y su dolor inexplicable de hierba.

La música aparece con su enagua
añil sobre mis paralíticas piernas,
encogiéndome, encogiéndose,
recortando las figuritas de sal
que revientan en un desierto de ojos,
como minas de hierro y zinc.

El insomnio.

Le sembré un adagio
y me dijo: no lo quiero.

Le dibujé mi rostro
en el cielo con lápiz de cometa
y amor de riachuelo: dejó de respirar.

Intento asomarme a su ataúd
y siento mil espadas cruzándose
entre mis costados,
como un baile de lirios negros,
como una oración
para un entierro.

Su boca tiene la mortaja
de la pausa prolongada,
pronunciada en un panteón
de abogados.

Mis brazos cruzados
sosteniendo un pañuelo
que ve zarpar al barco
quisieran ser ceniza,
para esparcirse en la neblina
de un mañana que agite
el olvido en el océano del muerto.

[2]

Lo complejo de un poema sencillo

Me sugeriste que escriba un poema sencillo. Que trate con palabras sencillas. Esas palabras que alcancen un mundo a veces sordo, a veces atento, como si pudiera hacer llover en todas partes y la primavera fuera una sola en la frente de cada uno. ¿Y cómo se hace? Primer intento: Me gusta observarte cuando duermes. Cuando parece que todo se calla afuera y todo me hace bulla adentro. Segundo intento: Estoy observando la taza de café quedarse congelada mientras tengo palabras hirvientes a flor de lengua. Tercer intento: Esto no es un poema sencillo.

 

Acá tenemos el sol,

acá podría acabarse el verso.

 

La poesía desenreda cabelleras,

y yo me enredo entre nubes

dejando caer mi ropa interior

a los pies de tu complejidad.

 

¿Lo ves?

[3]

Depressus

La azotea llueve de gatos,
palomas carroñeras y zapatos.

Qué preciosa la aurora púrpura,
ofreciéndose como cinturón
sujetado al marco de mi esquizofrenia,
abrazándome hasta mutar en añil
de voces y murmullos.

Juego ping pong con las bolas
de los ojos,
rojos como mercurio,
inflamados de dolor carmín.

Hoy pasé caminando frente a Cristo,
me dijo “ háblame”,
y le dije que yo no hablo con él.

No hablo con nadie.

Por eso no hay quien responda.

Existen esos días de dunas y arcabuces,
el solsticio de invierno interminable,
la angustia de acordeón y violín.

El celular está muerto,
las llaves cuelgan de azul polar,
los libros enmudecen de mortaja,
los parques secos de caminatas,
las botellas temblando de evaporación.

Este poema está herido,
por eso el verbo irregular,
por eso su deforme hoja,
por eso su seca tinta.

El cansancio de remar hacia arriba,
mientras todos reman hacia el frente.

Hemmingway quiso tanto al mar,
para no ser el viejo.

Se volvió viejo
y se hundió en el mar.

El Comfortably Numb de un Pink sin Floyd.

Mi garganta con una
minúscula tormenta de arena
en el centro,
mi pesado respirar.

Esta lucha de bolsillos volteados,
agujereados, sin monedas,
y un puñado de estrellas en las manos,
soñando con niños
brincando en un pie,
comiendo gelatina de colores,
diciéndole a la vida:

¡Te gané, te gané!

Esta noche-madrugada de mierda.

[4]

Monólogo de Katana

La trompeta bulle de rémoras y mortajas de esparto,
cuando la noche brota violentando desvanes y
moviendo olas de musgo en ese vacío que
va encontrando su curso.

En la obertura, el aria y el recital de
testas de pedernal, se derrama la baba
de los periódicos neoyorquinos por la mesa
de Alí Babá y sus 40 prostitutas.

Baraja, tornamesa y farol.

El aire filoso destroza los alargados cuellos
de botella y dedos de humo chillante del cigaré
en labios de la Gran Odalisca.

Cemento.

Los pies se me congelan de sierpes
y los oídos de llanto negro,
rumor de viento de amianto y pared seca,
colágeno de esplín, displicencia en flor.

Fragmentándose las venas con la queja
de un cocodrilo que escribe con las garras
una historia de tragedia de telenovela y chancletas,
de maridos barrigones y saliva de estiércol,
insiste, insiste, el diablo es puerco.

Tengo a los pies de la cama una playa
con objetos olvidados, arrastrándose
hacia una aurora de smog.

¡Ay la médula del hastío!

 

[Foto: Cindy Lorenzo]

 

¥

 

Diana Morales. Nació, creció, sigue creciendo y vive actualmente en la Ciudad de Guatemala. Forma parte de nadaEditores en donde actualmente cumple la función de Coeditora trabajando conjuntamente con Emilio Enrique Rodríguez López, fundador y director de nE. En septiembre del año 2014 publica su primer libro llamado Los escombros del purgatorio bajo el sello editorial Alas de Barrilete y su cartonera Ediciones Viaje a la Luna. También participa como vocalista invitado en introÁcido bajo la dirección de Emilio Enrique Rodríguez López. Ha sido publicada por la Editorial Independiente AlterarteStudios de Argentina y ha participado en lecturas en la ciudad de Lima, Perú.

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