A veces ocurría que pasaban meses enteros sin que se viera en el cielo una sola nube. La ciudad se volvía entonces más violenta. Un vapor fétido salía de los vertederos de basura, y el reciclaje de metano, tan escaso, era insuficiente para recoger todo el que salía. Era frecuente entonces ver en la punta de las torres de teléfono y aún en las de tendido eléctrico, flamas de color azul. Sé que a ése fenómeno se le dio en otro tiempo el nombre de “fuegos de San Telmo”, pero nuestro pueblo, que siempre fue tan católico, no estaba ya para creer en santos, así que le llamábamos “pedos del diablo”, y no pocos eran los que veían en ello una señal de apocalipsis.

Una mañana, creo que fue a mediados de diciembre, la ciudad amaneció cubierta de niebla, y era tanto el frío que el aire casi podía tocarse. No me recuerdo bien a qué se debía el asueto de aquél día. Parece que se trataba de una fiesta patriótica o algo parecido. El caso es que tenía el dia libre para holgazanear a gusto, y eso era ya más de la mitad de lo que constituía un buen día, al menos así lo creía yo por aquél entonces.

Era martes y tenía ésa especie de revoloteo en las tripas, especie de lombriz hepática, la sensación que presagia una buena borrachera.
Me levanté del catre oxidado y colchón pestilente en que dormía y encendí el radio. En la estación la voz de Madonna repetía una y otra vez : “Nooooobody is peeerfect”,”Nooooobody is peeerfect…”. Mientras me fumaba el primer cigarro de la mañana imaginaba tres fantasmitas que salían de mi boca y coreaban la canción:
“… Whaaat do you expect I’m doing my best”. Sí, sí, claro -murmuré- y eso qué, nunca servirá como excusa para evadir consecuencias, las necesidades aumentan, y las responsabilidades nos alcanzan.

Era todo tan triste: ¿Por qué apestaba tanto a calcetines húmedos? ¿Por qué hacía tanto frío? ¿Por qué estaba yo solo en ése cuarto de madera? Al otro lado de la pared junto a mi cabecera la vecina preparaba pan y reprendía a sus ayudantes gritándoles insultos. Uno de ellos, niño de nueve años, gritaba entre el llanto: ¡Vieja maldita! ¡Puta!. Los oídos se me comenzaban a llenar de una extraña estática formada por las canción y los gritos de los mocosos.

– ¡Ya la jodí! Tengo mil cosas que hacer y por estar oyendo muladas no he hecho ninguna.

Le dí unos cuantos golpes a la carátula del reloj para que aparecieran los números: 10:48, Obviamente se me había hecho ya más que tarde para entregar los archivos que me habían encargado. Bien entonces, era un irresponsable, bien entonces Beatriz estaría enojada conmigo, bien entonces, no tenía dinero, ¿Cómo le haría para emborracharme?
– “No te jactes del día de hoy porque no sabes lo que dará de sí el día”- Decirme a mí mismo citas bíblicas era otra de ésas costumbres que había inventado con el descaro.

De modo que me puse a buscar monedas entre el tiradero de mi cuarto y logré ajustar ochenta centavos entre monedas de cinco y de diez. Pensé que si le daba todas la monedas juntas al conductor del bus, él no se molestaría en contarlas y me dejaría subir.

Durante el camino a la ciudad veía por la ventana y todas las escenas de la calle me parecían alegorías de lo que me pasaba en la cabeza: una niña que sujeta a un poste se balanceaba sobre un charco, pareciendo como si estuviera sujeta al mástil de un barco que naufraga, torres de teléfono disfrazadas de árboles con velas encendidas, un anuncio que tenía una oveja trasquilada y un pastor que inquería por lana, un edificio a medio construir que visto a la distancia parecía una tumba derrumbada. Y de pronto, una nube azul que rodaba hacia arriba de los cerros dejando a su paso una estela naranja. Por unos segundos, pensé que era vapor pegándose al vidrio, pero cuando apareció una nube de humo en uno de los cerros entendí lo que pasaba:al parecer, se había incendiado el gas frío que flotaba sobre la ciudad, y estaba incendiando las casas que habían cerca del basurero. El bus se detuvo, y desde ahí pudimos ver como empezaban a llegar las ambulancias, cuyo enjambre de sirenas se oía desde lejos como un rumor de insectos, los escarabajos verdes y rojos se internaban entre aquél panal en llamas.

Cuando se apagó la última llama, la ciudad presentaba un aspecto realmente lamentable: grandes manchas oscuras se veían en el centro y norte. Donde las casas se habían quemado hasta las cenizas había un cráter inmenso. Era como si alguien hubiese tratado de eliminar la basura arrojando una bomba y los residuos hubieran salpicado a muchos kilómetros de distancia. Muchos fueron los que achacaron al gobierno aquél desastre, que seguramente pretendía enriquecerse con la ayuda internacional, que seguramente solicitarían en vista del desastre, y que seguramente, había decidido eliminar de paso a todos los ciudadanos indeseables.

Hasta donde sé, nadie ese año pudo decir “Feliz Navidad”, ni en los años que siguieron. Hartos como estábamos de considerarnos al final de un proceso degenerativo, cuya principal causa quizá fuese el cristianismo.

Juracán. Escritor. Fue miembro de la Asociación de Escritores de Guatemala y es cofundador del grupo Folio 114, que reunió autores centroamericanos. Columnista de Casi literal, ha publicado artículos para revistas de circulación local tales como Vértice, Revista de la Universidad de San Carlos y Algarero cultural, entre otras. Es autor de los libros Guía práctica para manejar la invisibilidad (Editorial Ley-va, 2001), Inflamable (Editorial Cultura, 2008) y Fúnebre y carnavalesco(Editorial Magna Tierra, 2012). Ha sido publicado en antologías como Poemas de la postguerra (Editorial Helvetas, 2002), Antología de cuento Lema Tzijonem(Comunidad Nacional de Escritores y Fondo de Cultura Económica, 2002), y Ni hermosa ni maldita.Narrativa guatemalteca actual (Editorial Alfaguara, 2012); entre otras.

 

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