Martín Quinteros tenía dibujado en la frente el implacable signo de la derrota. Día a día se lo veía pasar por la Sexta Avenida, arrastrando un troquet repleto de mercadería, el cuerpo enjuto, la frente sudorosa, la mirada de perdedor clavada en el piso, los hombros caídos y deslucidos de todo garbo, atraído por la fuerza de la gravedad en esa actitud de afrenta pisoteada del perdedor, del que nació para ser vencido, como si la tierra lo llamara prematuramente.

Desde que su hermano, hombre guapo y con recia personalidad de río intempestivo, le había robado todo –y para Martín Quinteros “todo” se resumía al sexo húmedo y lubricado de la Estelita, su ex mujer, a sus gemidos calenturientos, a sus entornados ojos de mujer orgásmica–, su vida había trasmutado al color pálido e insípido de la monotonía. Quince años habían transcurrido desde la huída, quince años con sus días que eran, uno a uno, gotas de amarga hiel y que de tanto caer habían formado una úlcera de indiferencia.

Todos los días iba y venía a la mohína buhardilla de paredes mugrosas que tenía por residencia y que compartía con su anciana madre; o al puesto de don Rubén Alves, un comerciante informal con ojos de avaricia carroñera, quien le pagaba unos veinte quetzales al final del día, como quien le tira un mendrugo a un perro, por los bultos que le acarreaba.

A pesar de que ya habían pasado quince años de la huída, la Estelita todavía era incapaz de mirarlo a los ojos en esos raros días de visita lastimera en la que el hermano, exagerando su gesto ostentoso de falsa nobleza, los colmaba de víveres, quizá por aplacar el sentimiento de culpa que se iba acentuando conforme entraban los años, quizá por extender su sentimiento de magnánima superioridad, quién podría saberlo.

Pero el tiempo todo lo cura. Parecía que el corazón insensible de Martín Quinteros se había congraciado de nuevo con el hermano y había perdonado a la Estelita. Hasta miraba con simpatía a aquellos sobrinos que pudieron haber sido sus hijos. Además, las visitas del hermano le daban un poco de calor a la vida aburrida de esclavo que llevaba trabajando para Rubén Alves. Desde la oscura ventana veía bajar a su hermano del automóvil con los brazos cargados de bolsas, tan admirable él, tan inalcanzable, con esos ojos de éxito cuyo brillo competía con la reluciente armadura de su invencible Prado. Y en la sombra, la Estelita, cuidando a los niños y envejeciendo, con los ojos de vergüenza que jamás pudo mudar, pero plácida por tener la vida que siempre soñó.

Martín Quinteros los acompañaba un rato a la mesa, el tiempo justo que podía soportar antes de sentir que explotaría,  y cuando las tripas se le comenzaban a retorcer de rabia, cogía su troquet y se retiraba, mascullando para sus adentros los insultos de su ira contenida.

No cabe duda, Martín Quinteros tenía dibujado en la frente el implacable signo de la derrota. Ese día, luego que dejó a la visita, volvió a su faena de cargador de bultos con el veneno a flor de piel. Los recuerdos de la huída hacía quince años, de la nota que le había dejado la Estelita, de la “furia” cogida durante un mes entre los charamileros que rodean el Guadalajara, de la humillación, de la perfidia, recrudecieron la llaga que, en realidad, nunca sanó.

Martín Quinteros tuvo, por fin, el valor de alzar la mirada al cielo mientras se mordía los labios y reprimía sus furias, su primer gesto humano desde hacía quince años. Entonces, vio muy de cerca la cara de la Prado, quizá la del hermano, y no tuvo tiempo ya de esquivarla. Martín Quinteros quedó destruido en el asfalto, con el cuerpo politraumatizado, derrotado también por la vida.

 

Leo de Soulas. Maestro de Educación Primaria Urbana y Profesor en Lengua y Literatura de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Tiene un Bachillerato en Arte con especialización en Teatro, de la Escuela Nacional de Arte Dramático Carlos Figueroa Juárez; además ha cursado estudios de psicología, cine e idioma portugués. En la actualidad, trabaja en el área editorial. Es actor de teatro y autor del libro de cuentos Al borde del precipicio (Editorial Letra Negra). Ha publicado para revistas como La Ermita y Conjunto, de Cuba.

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