-Fijate –me dijo Gedeón- que a Papaíto se le murió su esposa.

-¿Y eso? –le pregunté justamente sorprendido, ya que apenas hacía una semana había visto a la señora y se miraba muy bien, regando las flores de su jardín y dándole de comer al gato.

-Pues parece que le vino un cólico muy grande o le dio un derrame.  Yo no sé  qué fue lo que le pasó, pero se murió anoche.

-¿Y vos sabés en dónde la están velando –le pregunté.

-Sí –me respondió-, en una funeraria que queda por allá por el Parque Colón.  Si querés vamos a la noche.

Le respondí que estaba bien, que solo iría a mi casa a cenar, a cambiarme de ropa y que pasara por mí a eso de las siete y media de la noche.

Y efectivamente, Gedeón estaba en la puerta de mi casa a las siete y media de la noche.  Me sorprendió verlo llegar con una camisa amarilla y una corbata roja.  No sé por qué, pero se me figuró que andaba anunciando alguna cafetería en de esas que ofrecen desayunos con huevos rancheros.

-Mirá Gedeón –le dije-, yo creo que ese tu atuendo no es el más apropiado para ir a una funeraria a dar un pésame.  Más parece que vinieras vestido como para ir a una fiesta.

-Pues fijate que no, ya llegué a la conclusión de que eso de llegar uno de negro a dar los pésames, en vez de hacerle olvidar a los deudos su pena, más los entristece.  Mirá –continuó-, las penas se llevan dentro del corazón y en estos casos son los sentimientos los que cuentan; y es más, yo creo que todo el mundo debería asistir a las funerarias con vestiduras alegres para que a la gente se le olvide un poco eso de la muerte.  Porque fijate nada más, luego de la tristeza, llegar uno con más tristezas  no tiene nada de gracia.  Además, vos bien sabés que la vida sigue y no va a andar uno con cara de cementerio siempre.  Yo creo que hay que ver las cosas desde un punto de vista positivo y ver con fe el futuro.

Ante semejantes razonamientos opté por quedarme callado; sin embargo, durante el trayecto llegué a la conclusión de que mejor me hubiera ido solo.  Eso sí, pensé que en cuanto pudiera, y mientras antes mejor, bajo cualquier pretexto me apartaría de mi amigo.  Al notar que iba pensativo me preguntó si me pasaba algo.  Le respondí que no, que no me pasaba nada.

-¿Ni sabés que cosa sí me causa problema?  -me preguntó.

-¿Qué cosa?  -le respondí.

-Que fijate que yo soy malo para eso de dar discursos.  Me pongo nervioso.  ¿Qué creés vos que es lo mejor que se le puede decir a un fulano cuando se le muere algún pariente?

-Pues con sólo que le digás que lo sentís mucho y le des un abrazo es más que suficiente –le respondí.

Y así, entre uno y otro comentario llegamos a la funeraria.  Me hizo sentir cómodo ver que ya había mucha gente y seguía llegando más, porque mientras más gente hubiera, mi amigo pasaría desapercibido.

Encontramos a Papaíto recibiendo condolencias, por lo que tuvimos que hacer una pequeña cola.  Cuando por fin llegamos, Gedeón se lo quedó mirando muy teatralmente, abrió los brazos, le dio un fuerte abrazo y dando grandes voces le dijo:

-¡Papaíto, lo siento mucho, pero como usted bien sabe, nada dura para toda la vida; ni los elefantes, que son tan grandotes, son eternos y no hay mal que por bien no venga; además, un rayo no cae dos veces en el mismo lugar, y a palo dado no hay quite; y como bien dice la canción, la vida no vale nada!  Estaría muy malo que sólo a usted le hubiera pasado, pero ya ve que aquí mismo hay otros difuntos a quienes están velando.  Usted no está solo papaíto, usted no está solo, ya va a ver que mañana todo va a cambiar y usted estará muy feliz y muy contento de la vida y con el tiempo a lo mejor hasta se consigue otra su doña que tal vez hasta esté mejor que la difunta.

Cuando por fin lo soltó, y a mi me tocó expresarle mis sentimientos de pesar, Papaíto me dijo que por favor me llevara inmediatamente a ese idiota de ahí, no fuera a ser que lo sacara él mismo.

Nos perdimos entre la gente, y aduciendo un fuerte dolor de cabeza le dije a Gedeón que tendría que retirarme.

-Pues qué mala onda con vos –me dijo-, yo sí me quedo aquí, acompañando a Papaíto.

Y efectivamente, Papaíto encontró de nuevo a Gedeón, que en ese momento contaba chistes a un grupo que se mostraba muy divertido; lo agarró del saco y como pudo lo echó a la calle mientras lo trataba de pedazo de animal y le decía algunos otros improperios.

-La gente nunca agradece nada –me dijo Gedeón días más tarde, luego de contarme lo que había ocurrido.  Lucía con cara de gente ofendida.

 

Víctor Muñoz (Ciudad de Guatemala, 12 de noviembre de 1950) es un novelista, cuentista y poeta guatemalteco. Premio de novela Mario Monteforte Toledo, 2001, por Sara Sonríe de último; primera mención en I Premio Nacional de novela corta Luis de Lion, 2004. En 2013 se le concedió el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias.

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