¿Qué es el amor, Celeste? Me lo he preguntado mil veces, tal vez unas diez mil más, ya no lo sé.

Tal vez sea las noches en que mamá se desvelaba tomándome la mano cuando yo vivía en el hospital más que en la casa o cuando mi hermana pequeña no sabía cómo hacer las tareas y mamá las dictaba desde la silla de ruedas o tal vez  aún cuando descubrí que amaba a mi mejor amiga y ella se detuvo a abrazarme y decirme que el amor era más que besarnos. En ese momento lo divisaba como cuando cae la neblina en las calles, a ciertos destellos de claridad pero con mucha confusión, porque dolía.

¡Ay el amor! El amor universal, decía la monja que nos hacia rezar el Rosario mientras nos miraba las piernas, pero decía que pecábamos si nos gustaba una mujer. De hecho, la recuerdo mucho, porque entendí esa universalidad de la que ella hablaba pero no entendía; esa más allá del color, la forma, el sexo y una posición social.  Pero el amor, el amor es tan extenso que podría contar toda mi vida, porque a veces lo he odiado, otras me ha parecido injusto y la mayoría me ha dolido demasiado… tampoco quiero sonar a víctima: de esto nunca se habla y nos hace llevar muertos-vivos en silencio y en el pecho.

Muerta estaba mi boca y mis dedos cuando ella se fue, aún recuerdo su sabor, el último abrazo y ese amor co-dependiente que pide a rastras lo poco que no tiene y desea del otro.

Nos manejábamos las dinámicas enfermas de pareja diciendo: «soy tuya, no te vayas a ir nunca, no me dejes», etcétera. Así fueron los últimos meses, meses muy fuertes en los que nadie divisaba la tormenta que traía para cada una el terminar la relación. Aunque no todo fue así, también nos hicimos el amor como nace la primavera, también crecimos, también nos apoyamos y también lo sabíamos (que tenía que acabar). Porque aunque profesábamos una lucha social constante y la reivindicación de la mujer se nos estaba olvidando nuestra propia lucha, se nos estaba muriendo el amor, nos enfermamos.

Pues sin pronosticarlo llegó la tormenta, mi búsqueda interminable de los porqués, las ganas de justificación, el llanto, los días depresivos y por fin despertar para ver la forma en que hemos aprendido a amar egoístamente. La forma posesiva de no entender que en el transcurso del camino las dos habíamos cambiado, las dos necesitábamos volar.

Para no alargarme han pasado muchos años ya, me he enamorado unas cuantas veces más y he tenido algunas relaciones que, aunque su intensidad nunca ha sido igual porque sola una vez se aprende a darse de frente y contra el espejo, he sido feliz, muy feliz, pero también han terminado y he vuelto a saber de los errores y los aciertos en las relaciones.

Al final y en la actualidad con la fotografía y el arte descubrí que podía salvarme o más que eso, encontrarme, hacer del arte un medio por el cual sanarme constantemente, no solo de un amor de pareja sino del amor que sigue aprendiendo a hacerlo en libertad.

No fue Fromm con El arte de amar o Jung  con La teoría del arte, los poemas de Benedetti, de Neruda, las fotografías bajo la lluvia, el desapego, el yoga, la meditación, el odiar en los demás lo que odio de mí, el consuelo, el sexo casual, los buenos amantes, los logros o lo mucho que crecí a través de esas  situaciones de ella en especial, sino simplemente entender que:

El amor para ser amor no tiene por qué doler…  

 

CELESTE MAYORGA. 1705 53914 …. dicen. Cielo Celeste No. 24 ó 25 talvez. Ni ladina, ni mestiza, aún sigue en la búsqueda. Aspirante a Socióloga y Foto-Periodista, màs autodidacta que lo anterior. Amante de lo estúpidamentebellotransgesor. Aún cree que el arte puede llegar a ser un medio de transformaciòn social y resignificación del ser humano. Actualmente: en experimentación constante. Le hace a las artes visuales, en especial a la fotografía y el performance, a veces también escribe. Como todo(a)s vive realidades alternas de nombre, lucha social, la lírica del ser y el estudio constante de las dudas existenciales en esta primavera- injusta llamada: G U A T E M A L A.

 

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