La ruta de la seda

 

[1]

He olvidado hasta mi nombre

del mismo modo las veredas recorridas

las venas abiertas de una tierra

(o tal vez del mar)

donde alguna vez habitamos corpus.

 

Índigo, lapislázuli, turquesa

así el mar atravesado en sueños

a veces turbulentos, otras veces quietos

lo importante es el mar

que dejó atrás nuestro pasado.

 

Corpus sin retorno a la tierra dorada

entre las cartografías de lugares y cielos

con el olvido guardado en cofres con llave

los astrolabios que nos lleven

a la tierra roja sin retorno jamás.

 

[2]

Y ahora en la quietud de estas latitudes

me pregunto si vendrá siempre el recuerdo

como maldición de un ayer casi olvidado

y resuelvo de manera tranquila

que el tiempo será el verdugo de ese ayer.

 

No soporto vivir

bajo la mirada atenta de las estrellas

mudas testigos de todo aquello que hice

de eso que quiero olvidar,

de tanta memoria repetitiva.

 

Y es irónico que el ser humano

creador de tanto recuerdo

sufra de amnesia al cabo de sus días

porque hasta el cuerpo

tiene un límite para la vergüenza.

 

[3]

Lo importante es recordar

que nuestros cuerpos son nómadas

en rutas de viento

historias apenas hilvanadas

por el débil rojo de la seda.

 

[4]

Y aunque el tiempo pase…

 

seguiré habitando este mapa

planeta, fragmento de sol ya muerto

estrella inhabitada por musas

rincón de tierra y mar

parte indesmontable de la vía láctea.

 

Y aunque el tiempo pase…

 

Seguiré como alma vagabunda

en las vertientes de los días pasados

presentes

futuros

y habitaré cada rincón de las estrellas

 

y aunque el tiempo pase…

 

seguiré anocheciendo con el cielo

y tendré los instantes de soledad necesarios

consumaré mis días entre letras vivas

-también muertas-

y aprenderé lenguas de otros mundos extraterrenales

 

Todo esto, hasta que el tiempo pase.

 

[5]

Entonces

repararé los vestigios del hilo rojo

que rompimos al irnos de este plano

y con él

amarraré nuestra existencia para siempre.

 

Sellar el pacto de la vida

atada eternamente a la muerte

-siempre certera y fiel-

hasta que seamos uno solo

junto a tanto polvo de lunas ya muertas.

 

Ya no tendré más miedo del pasado

porque ya no habitaré esta constelación

aun cuando la seda roja

me una a este mundo antiguo

del que siempre formaré parte.

 

[6]

Este mundo antiguo y sabio

que me dio de su tierra para nacer y ser fecundo

tendrá siempre mi seda roja en su vientre

atado ombligo de mi cuerpo

aunque yo ya no esté.

 

[7]

Y la última contradicción que encontré

al final de mi camino

fue el tener que envolver mi cadáver

entre los trozos

del cadáver de un árbol.

 

DIEGO VENTURA PUAC-COYOY. Quezaltenango, 1991. Restaurador y estudiante de Ciencia Política por la Universidad San Carlos de Guatemala. Dibujante.  Actualmente dirige la galería “La Cava” en Chichicastenango, El Quiché.

 

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